Don José Rivero Leno, mi señor padre
Mi padre, José Rivero; Pepe, para los amigos, nació el 6
de mayo de 1927 y murió a las 9 de la mañana del 9 de agosto de 2001, de un
infarto de miocardio que le dio conduciendo su coche entrándolo en la cochera
de nuestro tinado de Brozas.
Lo primero que puedo decir de mi padre es que fue un gran
hombre, muy trabajador y honesto. Trabajó siempre en el campo, primero con su padre
y después junto a su hermano Rufino, para trabajar y dirigir la finca “La Castellana”
que heredó de su progenitor en los campos de Alcántara.
Una vez le dijo a mi hijo José Miguel, con el que se
llevaba muy bien, que de esa pequeña finca de unas 150 hectáreas habían salido
tres carreras, las de mis dos hermanas y la mía de periodismo, pero habían
salido gracias a su esfuerzo y las ganas que le ponía para salir adelante, pese
a que hubiera años que apenas se ganara nada en casa y hubiera que pedir dinero
prestado a los bancos.
Y ayudaba a mi padre en lo que podía, unas veces en casa,
almacenando la lana de las ovejas o poniendo “moreno” (carboncillo de las
fraguas) para cicatrizar las heridas que les hacían los peladores a las ovejas;
a veces ayudaba en el campo descargando un enorme camión de pacas de paja, cuidando
ovejas o vacas o echándole algunas pasturas a los terneros que teníamos en el tinado,
cuando no eran cerdos. Era un trabajo duro y difícil, pero así le ahorraba el costo
de un hombre a mi padre. Estuve así desde que era un adolescente hasta que me fui
a estudiar periodismo en Madrid. Aunque aquel año hice un gran esfuerzo por superar
el segundo grupo de Preuniversitario en la Universidad de Salamanca y primero
de carrera en la Complutense de Madrid; pues bien, aquel verano me había buscado
un trabajillo para vender aparatos de aire acondicionado en la capital, pero mi
padre me llamó y fui a ayudarle a echarle de comer a las terneras que se
hallaban en el tinado. Toda una lección de trabajo manual.
Cuando yo tenía unos 15 años, a punto de terminar bachillerato
superior, por libre, en la academia de don Joaquín Corchado que compartía con don
Ángel Canales, mi padre me preguntó mientras se lavaba tras venir del campo en
una palangana, que qué quería ser de mayor. Y yo le contesté que periodista, pues
ya había publicado mi primera crónica en noviembre de 1968, en el periódico “Hoy”,
hablando de la labor de los jóvenes de Brozas en favor de las misiones del Domund.
Por alguna parte debe de estar crónica. Pues bien, le contesté a mi padre que
quería ser periodista y él me dijo: “¿Pero esos no van a la guerra?” y yo
le respondí, “sí, algunos, pero no todos”. Mi padre quería que fuera
veterinario para cuidar sus animales Y mi madre quería que fuera médico, por
aquello que los médicos en los pueblos tenían un status especial. No le di el gusto
a ninguno de los dos. No sé si al principio le gustó mi decisión, pero
tras mi larga actividad en Mallorca y Madrid, se sentían muy orgulloso de la labor
de su hijo… y yo de mis adorables padres.



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